David Huerta cuenta su vida, la amorosa y la literaria

ELENA PONIATOWSKA / ZENDA LIBROS

David Huerta es un poeta y escritor laureado totalmente reconocido y sobre todo muy querido. Lo quieren las mujeres de UC Mexicanistas en Estados Unidos, lo quieren las de la UNAM, lo quieren los niños y los viejitos, lo quieren sus contemporáneos. Desde niño oyó poesía, desde niño amó los libros, desde niño supo que dedicaría su vida a las letras, no sólo por ser hijo de Efraín Huerta sino por sí mismo y porque no sabría vivir sin escribir. Desde su infancia, su casa fue un libro abierto que todos podían leer. Al pasar al comedor, comían poemas, y a la hora del café, probaban ensayos más profundos y lo sabían de protestas y manifiestos. Pocas familias tan comprometidas como la del gran poeta Efraín Huerta, que supo consolar a los desesperados. A su casa entraban todos porque su familia fue siempre de intelectuales sabios y comprometidos.

Su primer libro publicado en la editorial ERA (también mi editorial) se llamó Cuaderno de noviembre, pero ya la UNAM había dado a conocer Jardín de la luz. También el Fondo de Cultura Económica lanzó Versión y la UNAM El espejo del cuerpo.

Casi me desmayo cuando vi que Incurable, lanzado a la calle por ERA en 1987, tenía 389 páginas. ¿Quién se atreve a escribir un poema de 389 páginas? Solo ERA, que se la jugó con David Huerta.

Dos autores de ERA me daban mucho miedo porque todo lo sabían: muy cultos, muy críticos, muy políticos, decían cosas muy brillantes, y Neus Espresate, la directora, los adoraba. Neus admiraba a ambos y los ponderaba; se reunía con ellos para analizar cada artículo que se publicaría en su colección de Cuadernos Políticos. Alguna vez me invitó a participar aunque yo entendía lo mínimo y hablaban de Gramsci, de Weber, de Rossana Rossanda, de Habermas, Adorno y Horkheimer y, en medio de todos, me sentía como la India María. Solo una mujer alcanzaba su estatura, Paloma Villegas, quien me enseñó a atravesar las calles del centro: «Fíjate bien, luz verde, luz roja».

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¿Qué ha significado para ti ser hijo de un gran poeta, Efraín Huerta, que además escribía en una forma totalmente distinta a la tuya? Él se llamaba a sí mismo «El gran cocodrilo». Quería yo preguntarte por tu propia poesía, que al lado de la de él puede ser difícil y hasta hermética.

 

“Me sentía, digamos, en conflicto porque hago lo mismo que mi papá hizo con tanto talento, escribir poesía”

 

Hace muchos años yo me sentía problematizado; bueno, eso de «problematizado» es una palabra antipática. Me sentía, digamos, en conflicto porque hago lo mismo que mi papá hizo con tanto talento, escribir poesía, y yo creo que lo hacía hasta con cierto genio. 

Sí, claro. Fue sumamente reconocido y querido.

Muy querido, muy admirado, ha dejado una herencia muy rica, muy estimulante. Mira, yo he hecho la paz con la idea de que él es un poeta que no puedo emular, no puedo superar y es mi maestro. Lo vivo así, como mi maestro, como una figura que me enseñó muchas cosas, que me marcó un camino en el que no compito con él en absoluto. No hay necesidad de ponerme a competir con mi papá aunque estemos haciendo lo mismo. Mi papá tiene la fama de ser un poeta de la ciudad, un poeta dicharachero, coloquial, pero en sus principios diríamos que era un poeta casi exquisito; escribía poesía muy refinada, muy contemplativa, y lo hizo así durante muchos años. Su poesía más conocida es la de su última época, diríamos así, que duró también mucho tiempo. Vivió hasta los 68 años. Murió en el año 1982. 

Cuando tú te lanzaste a la poesía, ¿su reacción fue de total apoyo para ti?

 

“Eso de que los poetas solamente leemos a los poetas no es así. Yo creo que lo contrario es más verdadero”

 

Sí, cómo no. Puso en mis manos muchos libros que me ayudaron a entender por dónde iba la cosa de la poesía. Por ejemplo, el gran libro ntico de Jorge Guillén, aparte de muchas otras lecturas, no solamente poesía; él me hizo leer Rayuela, de Julio Cortázar, que me recomendó con mucho entusiasmo. Me enseñó el camino para leer a Proust. No era solamente una lectura de poesía; eso de que los poetas solamente leemos a los poetas no es así. Yo creo que lo contrario es más verdadero. Los narradores tienden a leer a los narradores, pero los poetas creo que leemos de todo. Mi papá fue muy importante como un guía de lecturas desde que yo era niño. Te quiero decir algo que me importa mucho decir, Elena; sobre mi mamá, que se llamaba Mireya Bravo. Con ella viví, y con mis hermanas Andrea y Eugenia, desde que mis padres se separaron, así es que en muchos sentidos mi mamá fue tan importante como mi padre en mi formación, en mis lecturas; pero, claro, como mi papá es muy conocido, se piensa en él como decisivo para mí; mi mamá no es conocida y por eso hace un tiempo decidí hablar mucho de ella.

Hay que decir de ti algo muy importante: tu presencia en la Feria del Libro de Guadalajara, en 2014, después de Ayotzinapa. Tú hiciste un gran poema y todos lo repetíamos en los pasillos de esa enorme Feria. Nos deteníamos cada hora entre los stands para decir las palabras que habías escrito. No sé si tú recuerdas esa participación muy conmovedora, David. Nunca escritor alguno ha creado tanta conciencia social. Tampoco nunca, escritor alguno ha recibido semejante homenaje. Tu participación social a través de tu poesía nunca ha cejado, siempre has estado ahí.

Sí, siempre ha estado ahí. Yo estuve en la tarde-noche de Tlatelolco. He escrito sobre el movimiento estudiantil, sobre la represión, sobre el golpe militar en Chile en 1973. El poema sobre Ayotzinapa me lo pidió Francisco Toledo, creo que es algo que no se sabe. Es un poema que él me pidió para la ofrenda de muertos del Museo de Arte Contemporáneo de Oaxaca; él lo usó en una especie de instalación: hizo poner en los muros del museo el poema y, al pie del poema, unas veladoras para el 2 de noviembre de 2014, muy poquitos meses después de la noche de Iguala, que para mí es, en cierto modo, como la noche de Tlatelolco, Elena. Entonces yo escribí ese poema muy atormentado, me costó mucho trabajo, al final salió, y Toledo fue su primer editor, quien lo dio a conocer en esa forma que te digo, en los muros del Museo de Arte Contemporáneo de Oaxaca. Después, el poema ha vivido su propia vida, al punto de que ahora digo: «Este poema ya no es mío, este poema ya pertenece a la comunidad de quienes nos solidarizamos con los padres, los parientes de los chicos de Ayotzinapa desaparecidos y, probablemente, muertos». El poema, como te digo, ya no es mío, pero si pudiera hacer alguna modificación, haría un cambio, Elena, en el título: se llamaría ya no «Ayotzinapa» sino «México».

¿Por qué?

Porque lo que pasó esa noche de septiembre en Iguala con los chicos de Ayotzinapa, aquella noche tenebrosa, ha seguido pasando en nuestro país, en muchos lugares en todo el país; entonces, lo que se dice en el poema vale para todo el país, no solamente para los muchachos que estudiaban en la Normal de Ayotzinapa, sino para tantos mexicanos que han sufrido desapariciones, tanta violencia, tantas muertes todos estos años, como desgraciadamente sabemos. Ese poema se llamaría ahora «México».

Tú toda la vida has pertenecido a una editorial de izquierda, ERA, has estado muy cercano a escritores y editores que vinieron de la Guerra Civil de España y que fundaron esta editorial, tú siempre has estado en las causas sociales, no sólo con tu poesía sino con tu presencia.

 

“Yo fui miembro del Partido Comunista, me enorgullece haber sido fundador del Partido Socialista Unificado de México”

 

Causas sociales que a veces no son tan vistosas, por ejemplo, la defensa de la Casa del Poeta que ha tenido continuamente problemas presupuestales. Los centros culturales de nuestra ciudad la han pasado mal y la siguen pasando mal, por desgracia, pero van sobreviviendo y siguen haciendo una labor muy meritoria. Yo fui miembro del Partido Comunista, me enorgullece haber sido fundador del Partido Socialista Unificado de México, el PSUM, soy sobre todo veterano de las brigadas de 1968, así es que creo que mis credenciales de izquierda están bastante claras y son limpias.

Eso no hay quien lo dude, David.

No te creas. Hay gente que lo duda y de repente me ponen entre paréntesis, pero son cosas que ocurren en el debate político y no tengo por qué sobresaltarme o sorprenderme.

Yo recuerdo mucho tu angustia por lo de la Casa del Poeta. He ido varias veces a las conferencias. Es una Casa que a muchos nos encanta. Recuerdo que estabas angustiado porque la podían cerrar o porque podía haber un atentado contra una instancia cultural que ha sido muy importante. Acuden muchísimos jóvenes a escuchar conferencias.

 

“La defensa de la Casa del Poeta es una de mis militancias, una de mis causas”

 

Sí. Hay un «museo imaginario» de Ramón López Velarde; hay una reconstrucción muy bonita del lugar donde murió el gran poeta, en ese mismo edificio. Hay que recordar que este año se cumplen 100 años de la muerte de Ramón López Velarde, entonces la Casa del Poeta, como Jerez, el lugar en Zacatecas donde nació, y tantos lugares que tienen que ver con López Velarde, San Ildefonso donde dio clases, etcétera, todo esto debería ser el escenario múltiple de esta conmemoración de uno de los grandes poetas del siglo XX en México. La Casa del Poeta, que lleva su nombre, porque allí vivió y allí murió, está en la avenida Álvaro Obregón, entonces se llamaba Avenida Jalisco; ojalá ya saliera de sus problemas financieros, no son problemas de otro tipo. La defensa de la Casa del Poeta es una de mis militancias, una de mis causas, es una de las actividades que hemos llevado durante algunos años.

Muchos comentan que tus alumnos son tus devotos…

Doy clases en dos universidades públicas, en la UNAM y en una universidad que es como la hermana joven de la UNAM, que es la Universidad Autónoma de la Ciudad de México (UACM), que fue fundada hace veinte años aquí en la ciudad. Ha funcionado, con muchos problemas, pero ha funcionado. Yo me desvivo por mis alumnos, los quiero mucho y son otra de las «causas» de mi vida. Cuando estoy con mis alumnos de la UACM pues también pienso en los muchachos de la Normal de Ayotzinapa, porque son los mismos chicos de los barrios bravos de México y de la provincia, en Guerrero, ¿no? Son los mismos muchachos, son muy parecidos.

¿Tú crees que ahorita los jóvenes reciben lo que merecen, las mismas oportunidades o que han sido hechos a un lado?

 

“El capitalismo es implacable, el neoliberalismo de Thatcher y de Reagan que ha prosperado tanto en México ha marginado a los jóvenes”

 

Pues sí, el capitalismo es implacable, el neoliberalismo de Thatcher y de Reagan que ha prosperado tanto en México pues sí los ha marginado, desde luego; hay un gran desempleo, un gran desencanto, no sólo que les falten oportunidades, sino que se han suprimido espacios y oportunidades deliberadamente y ya sabemos con qué resultados, que van a dar a manos de la delincuencia organizada y se hunden en vidas muy erráticas, muy vagabundas, muy desgarradas. A mí me da mucha tristeza. Por eso hacen falta buenas universidades, bien pensadas, bien planeadas, que les sirvan a estos chicos. La UACM ha sido un experimento que, a pesar de todas las dificultades, sigue teniendo una gran nobleza.

Tú finalmente eres un ser humano esperanzador. Eres positivo, ríes con facilidad, te rodea la gente con enorme simpatía. Recuerdo en Bellas Artes y en otras ocasiones a los maestros y seguidores de UC Mexicanistas (con Sara Poot Herrera a la cabeza) cómo un aluvión de gente feliz que corría a abrazarte.

Sí. Fíjate que eso es el resultado de una familia llena de cordialidad, de un ambiente muy propicio. Yo crecí entre gente muy inteligente. Eso quiere decir que crecí entre gente que sabía reírse del mundo y de sí misma. Es una de las lecciones de mi papá. Mi papá me enseñó que hay que vivir trágicamente porque así es el mundo, trágico, pero sin dejar de reírse de uno mismo. Es una lección aparentemente contradictoria pero que me ha servido mucho. Otro de mis maestros, que quisiste tanto tú también, fue Carlos Monsiváis: tuve una relación de trabajo con él en el suplemento de Siempre!, conviví y trabajé con él, aprendí muchísimo a su lado; también del gran Vicente Rojo. Trabajar con Monsiváis era vivir permanentemente en la carcajada y en la ironía. Hace poco murió Luis Prieto Reyes, a quien tú conociste, que también era como decía Monsiváis una especie de duende, la consciencia satírica de la ciudad. Y mi propio padre, mi madre, los vecinos de la colonia, gente muy jovial, sonriente y a veces capaces de reír con toda la boca, con toda el alma. Sí, el mundo es trágico pero hay lugar para la risa, para la sonrisa, para la jovialidad.

También el hecho de pertenecer a ERA, una editorial fundada por refugiados de la Guerra Civil, luchadores de la Guerra Civil de España, y que te publican y han publicado no sólo tus poemas más cortos sino ese larguísimo poema Incurable”, que ha sido siempre muy respetado, muy comentado.

 

“Voy a decirlo rotundamente: son los mejores editores que hay en México, los de ERA”

 

Voy a decirlo rotundamente: son los mejores editores que hay en México, los de ERA. Vienen de una larga tradición. Cuando yo trabajé con Vicente Rojo, en el suplemento de Siempre!, también establecí relaciones con la gente de ERA y de la imprenta Madero, que tan importante fue para la editorial. Trabajábamos en el despacho de Vicente Rojo: José Hernández Azorín, Monsiváis, el propio Vicente y yo. Esas cuatro personas preparábamos el suplemento. De ahí se derivó mi relación con ERA y por eso me atreví a llevarle a Vicente mi segundo libro, Cuaderno de noviembre, así que en 1976, hace más de cuarenta años, empezó mi relación con ERA. Neus Espresate y Vicente Rojo aprobaron la publicación de Cuaderno de noviembre y después de Incurable, ese otro libro que recuerdas, luego otros más que ha publicado Marcelo Uribe, ahora a la cabeza de ERA. Publicó Versión que ganó el Premio Villaurrutia, La calle blanca, creo que tengo seis o siete libros en ERA. Soy de ERA, es como una de mis pertenencias o yo le pertenezco. Soy parte del catálogo de otras editoriales, como una nueva, Cataria, que publicó mis ensayos en un libro, Las hojas; o Grano de Sal, de Tomás Granados Salinas.

Conmueve mucho tu amor por Verónica Murguía. Lo que he leído de ella conmueve. Quería preguntarte por esa relación literaria y amorosa a la vez.

Uf. Esto me va a traer problemas con Verónica porque no le gusta que hable bien de ella en público. Es una persona modesta. Te lo voy a decir rápidamente. Verónica es la escritora de nuestra casa, ella es la escritora; aunque yo soy mucho mayor, once años, ella es la que me orienta en muchas cosas, no nada más en la literatura. Hace dos años, en 2019, en la FIL de Guadalajara, cuando leí mi discurso, la mencioné a ella, creo que fue la parte del discurso que más llamó la atención porque fue una declaración de mi gran amor por ella que impresionó a algunas personas; incluso me decían: «Ay, maestro Huerta, dígame qué poema citó usted», «Bueno, es un poema de Garcilaso de la Vega, muy conocido», «Qué bonito que le dijo eso a Verónica»; pues sí, Garcilaso lo dijo muy bien: «Por vos nací, por vos tengo la vida / por vos he de morir y por vos muero».

 

“Verónica es la escritora de nuestra casa, ella es la escritora”

 

Eso fue lo que le dije a Verónica aparte de otras flores y piropos, le da pena, pero se tiene que aguantar. Es una escritora fantástica. También es autora de ERA, tiene una novela Auliya y un libro de siete cuentos, El ángel de Nicolás; además de libros para niños. Es una persona muy divertida, de una simpatía desarmante. ¡Más de treinta años juntos y no dejamos de platicar, reírnos, decir bobadas, convivir, no se acaban los temas de conversación, de lecturas que cada quien hace por su lado y luego comentamos con gran provecho! Después de haber escrito su novela sobre la peste del siglo XIV, que algún día se publicará, ahora está obsesionada con las culturas nórdicas…

Tu relación amorosa recuerda la de Robert Browning con Elizabeth Barret Browning, quien todavía nos inspira

Qué bonito que lo digas así. Nosotros somos dos mexicanitos que tratamos de hacer lo que hacemos lo mejor posible y estamos muy pendientes de todo lo que ocurre en el mundo, en el país. Verónica es compañera tuya en las páginas de La Jornada, colabora en el suplemento, ha mantenido su columna más de veinte años: «Las rayas de la cebra».

Recuerdo que te vi leer hace años en una librería de Insurgentes, leía Octavio Paz y leías tú.

Fue, como dicen de los toreros: don Octavio me dio la alternativa.

Estabas muy chavito. Se veía que Octavio Paz te tenía cariño y eso me impresionó. Esas conferencias fueron gracias a Julieta Campos, quien dirigió el Pen Club. Fue la única que hizo algo porque en el Pen Club de México nadie hacía nada. Solo ella. Fuiste el primero en salir con Paz. Luego vinieron Carlos Fuentes y María Luisa Puga, Carlos ni siquiera sabía quién era y me preguntó mientras caminábamos sobre Insurgentes: «Oye, ¿qué ha escrito?». En cambio, María Luisa había leído concienzudamente toda la obra de Fuentes 

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A David Huerta, sus lectores lo seguiremos viendo porque le faltan muchos años de vida. Nació en 1949 y ha recibido todos los premios, el Carlos Pellicer, el Xavier Villaurrutia, el Nacional de Ciencias y Artes, el de un público ferviente de jóvenes que lee La calle blancaEl azul en la flamaCuaderno de noviembreEl ovillo y la brisaVersiónEl cristal en la playa e Incurable, compuesto por ocho capítulos que dan en total 389 páginas que no deja de apabullarme. Además, para acabar con el cuadro de la literatura, David Huerta es guapo.

David Huerta cuenta su vida, la amorosa y la literaria

 

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