‘Debemos seguir con los protocolos’

REFORMA

El pasado 24 de diciembre, la enfermera Irene Ramírez se convirtió en una de las primeras personas vacunadas en el País contra Covid-19. El 14 de enero de 2021 recibió su segunda dosis y el pasado 16 de diciembre su refuerzo, pero al virus lo respeta, y dice que sobre Ómicron tiene sus reservas.

“Van a venir tantas variantes, que no sabemos si ahorita está Ómicron y al rato va a venir qué, todo el abecedario”, señala.

Y es que la ex jefa de enfermeras de la Unidad de Terapia Intensiva del Hospital General Dr. Rubén Leñero está consciente de que las vacunas no la protegen al 100 por ciento, es decir, no la dejan completamente libre de padecer esta enfermedad.

Sin embargo, también tiene claro que implementar todas las medidas no farmacológicas, como la sana distancia y el uso de cubrebocas, refuerzan la protección, por lo que pide extremar cuidados.

“Entonces lo que no debemos de perder de vista es que debemos mantener nuestros protocolos de cuidado, como la sana distancia, el uso de cubrebocas y vacunarnos. Y al menor síntoma o signo de malestar, acudir con el médico y no dejar que pasen tantos días para que no se agudice la situación.

“No sé después de Ómicron qué va a venir, todo mundo estamos esperando a ver con qué sale este virus”, reitera.

Para Irene ser de las primeras vacunadas contra Covid-19 en el País representó un privilegio, pero también una responsabilidad.

En entrevista, cuenta que desafortunadamente con la inmunización no se desvanecieron los recuerdos dolorosos y aún se le hace un nudo en la garganta al hablar de compañeros que perdieron la batalla contra el coronavirus en su propia unidad, o de pacientes que estaban esperanzados de volver a ver sus familias y les llegó la muerte antes de que eso fuera posible.

Jubilada el pasado 1 de diciembre, recuerda que en los momentos más complejos de la pandemia, la unidad de terapia intensiva estaba saturada con siete pacientes y la mortalidad era muy alta, de dos pacientes al día.

“No es cierto que te acostumbras al dolor y a la muerte”, dice.

La enfermera relata que hubo casos de pacientes que le consternaron, que se le clavaron e incluso trascendieron hasta sus sueños.

Cuenta que así le ocurrió con un paciente del interior de la República que viajó a la Ciudad de México a realizar un trabajo de contabilidad y no tenía idea de dónde se contagió. Sus síntomas eran graves y temía someterse a la intubación, pero estaba esperanzado de ver a su esposa, quien ya iba en camino a buscarlo.

“Tuve un sueño en el que se escuchaba la canción ‘Qué gano con quererte’, de Mercedes Sosa, y vi a una señora con un ramo de flores, y el paciente me había platicado que su esposa ya venía en camino y que para que estuviera tranquila le había dejado un ramo de flores en el hotel que se había hospedado.

“Escuché en mi sueño esa canción y cuando desperté pensé, por qué soñé esto, y me desperté con ojos llorosos. En el transcurso del día me di cuenta de la magnitud de mi sueño. Cuando llegué al hospital el paciente ya estaba muerto”, lamenta.

Dos días antes había ingresado al hospital, un día después lo intubaron y su esposa no tuvo la oportunidad de volver a verlo.

“Que no salga, y saber que su esposa viene en camino a reencontrarlo y que no lo encontró, se te clava”.

Antes de que llegara el virus a México, dice que se preparó y preparó a su equipo como si fueran a manejar pacientes con Ébola.

Irene, quien tenía a su cargo una veintena de enfermeras, menciona que más que miedo tenían nervios por el hecho de saber si lo que hacían era lo correcto.

“Se vive con estrés. El miedo no era contagiarnos, sino no poder mantener con vida al paciente”.

En ocasiones triunfamos. En ocasiones fracasamos, indica.

“Pero no fue por falta de operatividad en el trabajo, sino por las mismas condiciones en las que llegaban los pacientes”.

La enfermera dice que los momentos más difíciles es cuando salían los pacientes por fallecimiento, y los más felices cuando egresaban.

Señala que en el hospital se crearon códigos para los traslados de éstos. El código negro era cuando se trasladaba un cadáver; el morado cuando un paciente se trasladaba de urgencias a terapia intensiva o a otro servicio, y el blanco cuando el paciente egresaba.

“Los códigos negros siempre eran devastadores, difíciles. Llegamos a tener momentos críticos entre el personal, y nosotros mismos nos brindamos esa contención. Les decía: ‘Si queremos llorar, pues lloramos y lo hacemos’ Nos enfrentábamos a esa situación de llorar, y luego a seguirle.

“Cuando había código blanco no sé cómo se organizaban las compañeras de otros servicios porque había matracas, campanas, pancartas de familiares y compañeros, porras. Eran momentos que nos nutrían”, recuerda.

Irene explica que recibió la noticia de que sería de las primeras personas en recibir la dosis de la vacuna antiCovid de manera inesperada, y cuando llegó el día representó un gran regalo, pero también una enorme responsabilidad.

“Fue algo que ni yo me lo esperaba, a mí me dijeron: ‘¿Irene te quieres vacunar?’ Dije: ‘Por supuesto que sí’. Me dijeron: ‘Te presentas a las 7 de la mañana en el Hospital General’. No tenía idea de que fuera a ser la primera. Hasta después me cayó el 20 cuando vi que estaba toda la primera plana.

“Fue un muy buen regalo que toda mi vida lo voy a agradecer, pero también fue una gran responsabilidadesto me comprometió a estar al pendiente de que mis compañeras, mi familia y todas las personas a mi alrededor tuvieran sus vacunas”, dice.

La enfermera cuenta que cuando una de sus hijas vio en la televisión que le estaban aplicando la vacuna antiCovid lloró de felicidad.

Sin embargo, asegura que a pesar de haber recibido la vacuna, siempre ha mantenido vigentes las medidas dentro y fuera del hospital.

“Tengo muy claro que quienes (personal del hospital) se contagiaron no fue en el servicio, pues el lugar para estar en el hospital es la terapia intensiva”.

Indica que ahí laboran alrededor de 50 personas y se ha contagiado el 60 por ciento. Todos han sido casos leves sin necesidad de hospitalización.

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