La lucha indígena contra el gigante de amoniaco

EL UNIVERSAL

Antes de salir a pescar, cualquier persona de la Nación Mayo-Yoreme debe dar gracias a la naturaleza. Eleva su oración al universo para pedir por ese día, por la vida, por los animales y las plantas que le rodean, por el alimento que podrá recoger para su familia. Esa conexión con la Tierra es el principal misterio de esta nación indígena que vive en el noroeste de México desde hace cientos de años, antes de que este territorio fuera invadido por España y sus misiones religiosas. Esta comunidad es también la misma que inició una lucha desde hace 7 años para tratar de impedir la construcción y funcionamiento de una planta para producir amoniaco en la bahía de Ohuira.

Las comunidades Mayo-Yoreme, como los Yaquis —con quienes comparten territorio y comida—, son silenciosas hasta que llega el peligro. Son ellas quienes legalmente han logrado frenar a un gigante de acero y concreto en la bahía de la región de Topolobampo, donde desde 2015 comenzó a construirse una planta para la producción de amoniaco, lo que pondría en riesgo un ecosistema y el desarrollo de las comunidades pesqueras, rurales e indígenas. El proyecto de Gas y Petroquímica de Occidente (GPO), en asociación con Proman, un coloso suizo-alemán del sector petroquímico, quiere iniciar operaciones, pero hasta ahora la interposición de una serie de amparos y de decisiones judiciales lo ha impedido.

Una investigación realizada por Ethos Innovación en Políticas Públicas revela que la empresa con inversión alemana logró obtener permisos de construcción sin haber hecho una consulta previa a los pueblos originarios con las características que marca la Constitución y el Convenio 169 de la Organización Internacional del Trabajo. Con el apoyo de políticos locales de alto nivel, quienes fungieron como asesores y promotores del proyecto, y entre quienes se encuentran el político Francisco Labastida Ochoa, su hijo Francisco Labastida Gómez de la Torre y el ex gobernador Mario López Valdéz, mejor conocido como Malova, este consorcio comenzó a construir la planta en un humedal protegido por el convenio Ramsar desde 2009. Con ello inició el proceso de destrucción y contaminación del área protegida bajo normas internacionales, según documentos e investigadores entrevistados para este trabajo.

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Además, durante dos recorridos realizados en las zonas de Ohuira, Lázaro Cárdenas y El Maviri, en los que se recabaron alrededor de diez testimonios de activistas indígenas y habitantes de la zona, las comunidades denunciaron la creación de una estrategia para dividir a los pueblos, que ha incluido amenazas contra las mujeres que encabezan la lucha.

La planta que busca producir alrededor de 770 mil toneladas de amoniaco anualmente —lo equivalente a llenar el 63% del volumen del Estadio Azteca con ese químico—, traería una inversión multimillonaria en el noroeste mexicano, de aproximadamente 5 mil millones de dólares al término de 10 años, pero según diversos estudios realizados por investigadores de la zona, podría poner en riesgo el humedal Santa María-Topolobampo-Ohuira.

Este humedal, en medio de los pueblos de Ohuira, Muellecitos, Paredones, Lázaro Cárdenas, Campo Nuevo, San Carlos y Topolobampo, alberga aves playeras, es un hábitat crítico del delfín nariz de botella y es también zona de cría y alimentación de las tortugas prieta y carey, así como de peces y crustáceos de importancia comercial, de acuerdo con un estudio realizado por la Comisión Nacional para el Conocimiento y Uso de la Biodiversidad (Conabio).

En 2015, activistas ambientales tramitaron un amparo para impedir que continuara la construcción de la planta de amoniaco, un químico que se utiliza principalmente como fertilizante en la agricultura tradicional. Una planta como esta significa contar con un proyecto que produciría anualmente casi cuatro veces más de lo que produce la empresa paraestatal Petróleos Mexicanos (Pemex) en Cosoleacaque, Veracruz, de acuerdo a un reporte sobre producción de petroquímicos elaborado en 2021 por la dependencia.

A su vez, podría significar una posible disminución en los precios del agroquímico necesario para el campo mexicano, pues estimaciones de la Secretaría de Agricultura y Desarrollo Rural (Sader) establecen que para cumplir con la demanda nacional de fertilizantes se deben hacer importaciones desde Rusia y China.
La planta es ahora una mole de 26 hectáreas, el equivalente a cinco veces el Zócalo de la Ciudad de México, pero en el proyecto de GPO se prevé que la afectación sea sobre 126 hectáreas, es decir, apenas se ha construido una quinta parte.

La empresa calculó en su solicitud de permisos ante Semarnat que necesitará 2 millones de litros de agua de mar por hora durante los 365 días del año —es decir, usará 17 mil 520 millones de litros al año— para mantener frío el amoniaco y así evitar que se evapore. El agua tendría que ser sustraída de la bahía, y luego se descargaría con una temperatura distinta, entre 1 y 3 grados más y con sustancias químicas, pues parte de esa agua se debe convertir en agua dulce.

Tras comenzar la construcción de la planta en 2015, habitantes de los pueblos Lázaro Cárdenas, Ohuira, Topolobampo, Paredones, El Maviri y Muellecito comenzaron un movimiento en contra, y apenas el 6 de abril de este 2022 la Segunda Sala de la Suprema Corte de Justicia de la Nación echó abajo todos los permisos obtenidos por la subsidiaria de Proman en México, dándoles la razón respecto a que este proyecto se realizó sin haberles consultado.

El interés en que este proyecto se concrete favorece la estrategia del gobierno federal encabezado por Andrés Manuel López Obrador, pues la reactivación en la producción de fertilizantes, entre ellos el amoniaco y la urea, cubriría mejor las necesidades agroalimentarias del país.

“Los productores de Sinaloa, de Sonora, requieren del fertilizante y se tiene el gas (natural) como materia prima y estamos nosotros a favor de esa planta, de que se construya; aun así no vamos a lograr la autosuficiencia, pero ya vamos a tener más abasto de fertilizante”, dijo López Obrador apenas el 3 de marzo de este 2022 en su conferencia de prensa matutina.

Actualmente se lleva a cabo una consulta. El gobierno eligió 15 comunidades, de las cuales 11 ya votaron que sí la quieren y una que no, pero faltan otras tres por votar, que son las que se oponen y han interpuesto los amparos. Posteriormente será la Corte la que avale todo el proceso y tenga la decisión final.
‘Aquí no’: la defensa del territorio

La bahía de Ohuira es un lugar en medio de espacios sagrados, donde habitan alrededor de 10 mil personas, de las cuales 2,500 son indígenas que creen en el Baahue Ánia (el Mundo del Mar o Espíritu del Mar).

El Baahue Ánia es a su vez uno de los cuatro universos en la cosmogonía Mayo-Yoreme junto al Tehueca Ánia (mundo del cielo), Jeeka Ánia (mundo del viento) y Juya Ánia (mundo del monte).

Cada uno representa un espacio y una manera de subsistir de los pueblos indígenas en el noroeste de México, como aquí, en la bahía de Ohuira, donde el mundo del agua permite pescar, proveer de alimentos y tener una organización social.

Aquí hay quienes pescan durante las madrugadas, otros por las mañanas y las tardes. Algunas personas hacen artesanías con conchas; otras se dedican a limpiar las playas. También hay quienes trabajan en la conservación y protección de especies marinas como la tortuga, y muchas mujeres y hombres viven del ecoturismo con la renta de cabañas, paseos en lanchas y caminatas por senderos entre los cerros que rodean la bahía.

En la ficha informativa de los sitios Ramsar se documentó que en este espacio hay seis islas: Bleditos, Mazocahui 1, Mazocahui 2, Comalitos —esta última solo se puede ver cuando baja la marea—, de Patos y de Bledos, donde habitan 109 especies de peces.

Antes de que se construyera la plancha de concreto que significó el inicio de la planta de amoniaco, ese lugar tenía manglar suficiente para albergar a las aves y sus nidos; y debajo había camarón y distintas variedades de moluscos.

Cuando se hizo la tala, las aves cambiaron su anidación a la isla de Bledos, donde ahora ya es común verles en temporadas invernales, narran Emilio Sandoval y Hugo Quintero, pescadores de Lázaro Cárdenas, durante un recorrido en la bahía en una de las pangas que usan para pescar camarones y cangrejos.

“Sabemos la operatividad que va a tener la planta, qué tantos metros cúbicos va a succionar y cuántos metros cúbicos se van a regresar al mar. Es un ecocidio y es una forma de acabar con nuestra bahía, que para nosotros es un lugar sagrado”, nos dice Felipe de Jesús Montaño Valenzuela, cobanaro (gobernador indígena) de Ohuira, un pueblo que está a mitad del camino entre Los Mochis y Topolobampo, al caminar entre un estero hacia un lugar sagrado que días antes fue derrumbado por otros indígenas.
En esta región al norte de Sinaloa, seis gobernadores indígenas, también llamados cobanaros, mostraron su desacuerdo con que una planta “se apropiara” de un territorio protegido. Ellos formaron un consejo consultivo como medida de defensa y acompañamiento, al que han integrado a personas de fuera de la Nación Mayo-Yoreme, para organizarse ante un embate legal. Entre los integrantes hay activistas, políticos, abogadas, académicos y más. La organización fue bautizada con el nombre de “Aquí no”, en alusión a su protesta contra la instalación de la planta en la bahía.

No defender el territorio —nos explican—, sería dejar a 3 mil 500 familias pescadoras ante un problema mayor. “Estamos ante una bomba de tiempo al momento que nos pongan esta empresa”, agrega Felipe de Jesús Montaño, quien ha alzado la voz ante funcionarios estatales y federales para asegurarles que defenderá el territorio con su vida.
Gerardo Peña, integrante del colectivo “Aquí No”, explicó que se han promovido amparos liderados y otorgados a los líderes Mayo-Yoreme, tras considerarse que la Secretaría de Medio Ambiente y Recursos Naturales (Semarnat) avaló permisos de forma indebida para la construcción de la planta de amoniaco.
El entramado político detrás de la la planta

Esta historia comenzó en 2012, cuando Francisco Labastida Ochoa era senador y presidente de la Comisión de Energía en la cámara alta. Este político nos narra que supo de una inversión millonaria: la empresa alemana Proman quería instalarse en Veracruz para invertir en la producción de amoniaco y urea, químicos necesarios para la agricultura tradicional mexicana.

Su labor como senador era clave, tenía relaciones con la firma y buscó la forma de concretar el ingreso de capitales en el país, aunque su estrategia incluyó una propuesta que hizo cambiar de parecer a los inversionistas: les propuso mover la ubicación de la planta a una región conocida por él.

Llevar la inversión a Sinaloa era más sencillo para Labastida, pues ahí contaba con contactos políticos —y familiares— que ayudarían a gestionar permisos y generar condiciones para que GPO, subsidiaria de la firma alemana en México, decidiera instalarse.
La ayuda vino de Mario López Valdez, mejor conocido como Malova, entonces gobernador del estado (2011-2017), y de su propio hijo, Francisco Labastida Gómez de la Torre, quien fungió como coordinador de Proyectos Estratégicos del gobierno estatal. El encargo de este último era crear condiciones para la inversión extranjera en Sinaloa.
Labastida Ochoa dejó el Senado ese mismo año, en 2012, pero inmediatamente se integró a GPO como asesor externo, según explicó el propio político en entrevista. “La empresa que realizaría el proyecto, Proman, la empresa alemana, me contrató porque querían hacer un proyecto de inversión en México, en el estado de Veracruz”, pero el político los convenció de mirar hacia el norte.

López Valdéz lo corrobora en una entrevista por separado. “Era una inversión que iba a aterrizar en Veracruz; pero habría que reconocer al senador Francisco Labastida, que en ese tiempo presidía la Comisión de Energía, que al enterarse del proyecto y al entrar en contacto con ellos (los empresarios) los puso en contacto conmigo, les dijo que no había mejores condiciones para hacer una inversión de esa naturaleza que el norte de Sinaloa (…) Vinieron, conocieron el lugar, vieron que teníamos gas (natural) y les ofrecí apadrinar ese proyecto para que aterrizara”.

Labastida Ochoa es un priísta con amplia trayectoria. Fue secretario federal tres veces, estuvo en Energía (1982- 1986), Agricultura (1995-1998) y Gobernación (1998-1999). También fue gobernador de Sinaloa en el sexenio de 1987 y 1992 y siempre será recordado porque en el año 2000, el PRI lo designó como candidato presidencial en una elección en la que, por primera vez y después de casi 70 años de hegemonía política, perdió la contienda contra el candidato del Partido Acción Nacional (PAN) Vicente Fox.
En la fracción VI del artículo 3 de la Ley General de Responsabilidades Administrativas, se define el conflicto de interés como: “La posible afectación del desempeño imparcial y objetivo de las funciones de los Servidores Públicos en razón de intereses personales, familiares o de negocios”. Para el político priísta, el haber sido asesor de Proman mientras que su hijo era coordinador de Proyectos Estratégicos en Sinaloa no formó parte de ningún conflicto de interés. Desde su punto de vista, solo apoyó para que una inversión extranjera pudiera concretarse en Sinaloa.

“Si es bueno para el país, si es bueno para el estado, si es bueno para la agricultura ¿qué conflicto tiene impulsar algo que es bueno para las partes? Yo trabajo de asesor, tengo 79 años de edad, solo tomo uno o dos proyectos para trabajarlos y todos los proyectos que tomo tengo que estar convencido de que le hacen bien al país y a los estados”, agrega Labastida Ochoa.

“No tengo nada que ver con ellos (Proman), no tengo una acción, no tengo un interés, si se hace o no se hace a mí me da igual, yo cobré como asesor el tiempo que fui asesor y ya, es todo, y mi hijo no cobró absolutamente nada”, agregó al ser cuestionado.

De acuerdo con el exgobernador López Valdez, el gobierno de Sinaloa abrió la posibilidad de inversión con estímulos fiscales y apoyó el cabildeo con el ayuntamiento de Ahome para facilitar los permisos necesarios para la construcción de la planta.

La oportunidad de tener esa inversión, dijo Malova, era detonar el norte del estado como un polo de atracción para otros proyectos en un área que en ese tiempo era únicamente explotada para la pesca local desde las comunidades indígenas y por los navíos de Pemex que descargan combustibles para el consumo local.
La inversión para la construcción de la planta de amoniaco inició hacia el final de la administración de Malova, pero esta tuvo tropiezos jurídicos con amparos que frenaron su construcción.

Los pros y contras según los científicos

La empresa GPO ha activado recientemente una estrategia que consiste en llevar a su lado a prestigiosos científicos y medioambientalistas, quienes a través de diversos medios han dado a conocer las bondades que esta planta podría tener para la región, e incluso son parte de quienes realizan planes de mitigación ambiental; es decir, buscan minimizar los perjuicios y maximizar los beneficios que conlleva un proyecto como este.

Al respecto, Víctor Vaca Cuéllar, director de Desarrollo de Proyectos de GPO, reconoce que están trabajando con la academia “para que de alguna manera pueda mejorar el sistema ambiental de la zona”. Y dijo estar convencido de que las comunidades alrededor del proyecto ya conocen el impacto ambiental y social que va a tener. “Tenemos como norma internacional mejorar la biodiversidad, no empeorarla”.

La firma con capital alemán dice apostar por tener el mayor número de estudios que le permita seguir avanzando en la construcción de la planta.

Federico Páez Osuna es un científico local que ha dedicado parte de su trabajo a investigar ese tema. Él sostiene en su libro La Paradoja del Amoniaco, presentado el 24 de marzo de 2022, que los inversionistas buscan desarrollar su proyecto en ese sitio por cuatro razones: tener acceso a rutas de comunicación y de servicios; satisfacer los requerimientos de manejo y de tecnología durante la operación de la planta; tener un área lo suficientemente extensa para la planta, y tener capacidad de carga en la laguna de Ohuira, lo suficientemente grande y dinámica para tolerar las descargas de la planta en cuestión.

Páez Osuna señala que estos cuatro criterios son esenciales para la funcionalidad operativa y logística de la planta; no obstante, el último es particularmente importante desde la perspectiva de la conservación y la sustentabilidad ambiental.

Los efectos, prosigue el científico, son la pérdida de hábitats y áreas de crianza, erosión costera, disminución de especies de plancton, larvas de peces, crustáceos y moluscos. Con la planta se reducirán las capturas pesqueras comercialmente importantes. También habrá una contaminación térmica (de hasta tres grados en aumento), deterioro en la calidad del agua con el aumento de sal y se provocará exceso de microalgas contaminantes.

Páez Osuna propone, sin embargo, que se haga la reforestación de mangle en otros sitios de Ohuira. Además habría que identificar dónde se haría la descarga de agua con exceso de sal para no generar una afectación mayor, construir tanques de enfriamiento y de descarga del agua sobrecalentada y utilizar sustancias químicas adecuadas al medio ambiente.  Con esas medidas, sostiene el académico, podrían mitigarse los efectos negativos.

Valeria Souza es una académica de renombre que colabora con GPO (a través de QB4).  Ella ha dedicado su vida al estudio de la ecología evolutiva y microbiana para rescatar áreas con desastres, como Cuatro Ciénegas, en Coahuila.

Souza narra en entrevista que en 2020 acordó con la empresa crear un plan ambicioso de 10 años para atender una de las medidas de mitigación, la cual consiste en limpiar la bahía de Ohuira, aplicar medidas como las que desarrolló en Coahuila, con la creación de humedales artificiales, sembrar plantas que absorban el exceso de nitrógeno que se usa en el campo y desemboca en el mar a través de canales y drenes, e involucrar a los productores agrícolas locales para que hagan un uso más racional de los fertilizantes.
La empresa GPO reconoce que la planta con que la que quieren producir amoniaco tendrá un efecto de contaminación importante sobre una laguna, pero asegura que esta ya tiene un problema añejo por ser la desembocadura de los drenes y canales agrícolas, así como de las aguas negras de la ciudad de Los Mochis, la cabecera municipal de Ahome, donde habitan 450 mil personas.

Diana Cecilia Escobedo Urías, académica del Instituto Politécnico Nacional (IPN), ha sido una importante voz en contra de esta planta. Asegura que las medidas de mitigación que plantea GPO ya las han propuesto biólogos y ambientalistas desde 2005, cuando se empezaron a verter las aguas negras de Los Mochis a la laguna.
Esa contaminación, asegura en entrevista, se agravará con la instalación de la planta debido a las características de la laguna, particularmente por ser de aguas bajas.

Los planteamientos de Escobedo Urías rompen con las propuestas de mitigación que impulsa la empresa, pues a lo que ya se tiene contaminado ahora mismo deben sumarse también las afectaciones que causará la construcción y operación para hacer el amoniaco.

Las propuestas y estudios publicados en libros, según la académica por el IPN, forman parte de una estrategia de comunicación empresarial y política, con la que se busca dar a conocer posibles bondades del proyecto, mediante la contratación de especialistas afines o que han dado su opinión a cambio de recursos económicos, incluyendo a miembros de la universidad a la que ella pertenece.

*Este reportaje fue coordinado por Laure Delalande, Néstor Genis y Silvia Márquez de Ethos Innovación en Políticas Públicas; con la edición de Karla Casillas. Corrección de estilo: Maura Arzate.

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