En un México violento, nada que celebrar: activistas

EL UNIVERSAL

Organizaciones civiles y colectivos de mujeres señalan que el 8 de marzo, Día Internacional de la Mujer, no hay nada que celebrar, pero que sí es un motivo para alzar la voz para frenar la violencia de género.

Delitos como feminicidio, trata de personas, violación, acoso sexual y violencia intrafamiliar reportaron incrementos de 2020 a 2021, entre 2% y 28%.

El homicidio doloso se mantuvo, en promedio, con más de 2 mil 700 crímenes contra mujeres durante los dos últimos años.

Según el Secretariado Ejecutivo del Sistema Nacional de Seguridad Pública (SESNSP), 2021 cerró con 969 feminicidios, 20 más que en 2020. Es decir, un aumento de 2.1%.

Las mujeres víctimas de trata sumaron, en 2021, 503, un aumento de 10.8% respecto a 2020, cuando se contabilizaron 454.

Además, la violencia intrafamiliar contra ese sector pasó de 220 mil 31 casos, en 2020, a 253 mil 736, en 2021, un alza de 15.3%. El delito de violación se disparó de 16 mil 544 registros, en 2020, a 21 mil 188 el año pasado, mientras que en ese lapso el acoso sexual pasó de 8 mil 736 a 9 mil 505, un aumento de 8.8%.

Las lesiones dolosas también aumentaron en 2021, al pasar de 57 mil 495 a 62 mil 362.

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“No hay nada que celebrar, más bien existen muchos reclamos por parte de las mujeres, pues sabemos que la violencia va al alza en nuestro país, las cifras lo confirman”, dice Pilar Vázquez, presidenta del Colectivo de Mujeres Libres y Soberanas.

Consultada por EL UNIVERSAL, destaca que con el inicio de la pandemia de Covid-19 se “destapan a nivel global las violencias contra las mujeres, principalmente las que se sufren en casa y en lo laboral”.

En los últimos tres años, afirma, las mexicanas se han visto violentadas en sus derechos, pues se han desmantelado programas que favorecían al sector.

Argumenta que se tendrán que realizar las marchas que sean necesarias para disminuir los índices de feminicidio y ataques contra las mujeres.

Sin embargo, externa su desacuerdo contra los ataques y pintas contra inmuebles y negocios, pues, dice, se apartan de la esencia del 8M.

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Entrevistada por separado, Carla Torres, dirigente del Colectivo Libres y Combativas, asegura que el Día de la Mujer no es un festejo, sino una reafirmación para luchar por decidir el rumbo de sus vidas y sus derechos.

“Los ejes a perseguir son combatir la precarización laboral, pelear por la igualdad salarial, que no haya más desaparecidas y feminicidios. Terminar con el tema de acoso en el trabajo, las violaciones y todo tipo de violencia machista”, refiere.

Considera que es importante tomar posiciones políticas y salir a la calle de forma unificada para tomar acción ante las demandas que no han sido escuchadas por las autoridades.

Por su parte, Natalia, una de las fundadoras del grupo Buscaminas, sostiene que el 8M “es un día para concientizar, para reflexionar y para escucharnos”.

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Opina que en este sexenio no se vislumbra un cambio para evitar las distintas violencias contra las mujeres: “Aunque el Presidente asegura que es el más humanista de la historia, los hechos demuestran lo contrario”.

Para la fundadora de Buscaminas, las vallas en Palacio Nacional y otros recintos son un reflejo de la actual administración frente a la violencia contra las mujeres: “Es como levantar un muro entre el Ejecutivo y la problemática que enfrentamos”.

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“Levantó su mano hacia mis pechos y acarició”

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Denisse Beltrán fue obligada a renunciar a su empleo después de que acusó a su jefe Johnatan de intentar abusar de ella. Todo ocurrió cuando le pidió acompañarlo a una junta fuera de la oficina, bajo amenaza de ser despedida si no asistía.

La chica, de 29 años, narra que los hechos iniciaron cuando se tituló como licenciada en Relaciones Internacionales.

Sus buenas calificaciones hicieron que uno de sus profesores la vinculara con una amiga para ofrecerle un puesto en una institución de la capital.

“Ingresé en 2019 y ahí fue cuando conocí a Johnatan, que en esos meses no era mi jefe directo. Para 2020 me ofrecieron un puesto como su asistente particular y yo acepté feliz porque eso implicaba recibir un dinero extra”, narra.

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Denisse se dio cuenta de que la estima de Johnatan hacia ella estaba rebasando los límites profesionales, pues pasó de chocar la mano para saludarla hasta abrazos mal intencionados.

Un día se quedó hasta tarde y “él aprovechó para tocarme la cintura (…) elevó su mano hasta mis pechos y me acarició”. Dos meses después, la joven se arrepintió de no denunciar el intento de abuso sexual.

Abandonó su empleo y no ha querido denunciar ante las autoridades a su exjefe. No se quita de la cabeza que su nueva asistente podría sufrir la misma violencia que ella.

Una vida de abusos a manos de su abuelo

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Cuando Mónica tenía seis años, su abuelo Mauricio abusó sexualmente de ella. Se guardó hablar de la agresión hasta que cumplió 14 años, cuando decidió contárselo a su tía, quien le pidió no decirle a su familia.

“Me obligó a bañarnos juntos y pues yo lo tocaba cuando me lo pedía. En mi comprensión no cupo que era un abuso, porque yo lo amaba, creía que estaba bien aunque no fuera así”. La mamá de Mónica llevaba a ella, a su hermana, Andrea, y a su hermano, Víctor, a visitar a Mauricio casi todos los fines de semana a Hidalgo.

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Fue hasta octubre de 2020 cuando Mónica se atrevió a contarle a su mamá los diferentes tipos de abuso a los que la sometía su abuelo, pues ese mes murió a causa de pulmonía derivada de complicaciones por el Covid-19. “No velamos el cuerpo porque nos encontrábamos en plena emergencia, entonces mis hermanos y yo fuimos a casa de mi tía, la que estaba enterada de todo, a hacerle un rezo que la verdad no merecía.

“No lloré. No dije nada. Por mi actitud mi mamá me cuestionó ya muy molesta. Cuando se lo conté me corrió. No he vuelto a hablar con ellos”, recuerda.

Mónica asiste a terapia sicológica y siquiátrica para borrar las huellas que el abuso sexual dejó en ella. También asiste a marchas feministas para pelear en nombre de otras niñas que también han sido abusadas.

Víctima de trata y de una sociedad indiferente

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A los 12 años, Karla Jacinto fue víctima de trata de personas en México. Durante tres años, la joven vivió en diferentes estados de la República, donde era obligada a prostituirse.

Para ella, el maltrato infantil que sufrió por parte de sus familiares y la indiferencia de la sociedad en general fueron los hilos conductores para vivir esa situación de violencia.

Fue enganchada por quien era su pareja sentimental, un hombre mayor que de inicio le dio un trato gentil y amoroso para ganarse su confianza y que después cambió.

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A los 12 años la llevaron a un centro nocturno de Puebla, donde no pudo trabajar por ser menor de edad, por lo que la cambiaron a Guadalajara, a una casa de citas donde durante tres años sufrió violaciones y golpes.

Después uno de los clientes la ayudó a escapar.

“El problema lo tuvo la sociedad, porque muchas veces pedí ayuda y me la negó. Los clientes sólo ven un cuerpo, pero la sociedad no vio a una niña de 12 años, hombres y mujeres pasaban discriminándose en esa sociedad que hoy estoy empezando a educar”, comenta.

Hoy, Karla tiene 29 años, una hija y trabaja para tres organizaciones civiles: la Comisión de Niños contra la Trata, la Fundación Reintegra, A. C., en Estados Unidos, y la Fundación Camino a Casa, la cual alberga a niñas de distintas edades.

“Hoy sabemos que no hay por qué callarnos”

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“O me mata él o me mato yo”, fue lo que pensó Sarc cuando tenía 22 años y padecía los golpes, malos tratos y vejaciones por parte de su entonces pareja sentimental.

Sin saberlo, era víctima de violencia de género.

Sarc tuvo una cirugía a corazón abierto, hecho que mermó su autoestima, además de problemas con su familia.

Esa situación, considera, fue el parteaguas para que de manera inconsciente tuviera una codependenica con su expareja sentimental, quien la violentaba física y emocionalmente.

Fueron tres años de celos, golpes y vejaciones. Sarc se quedó sin amigos y sin personas a quienes pedir ayuda. Poco a poco, su exnovio mermó más su autoestima hasta que, por fin, su familia la apoyó.

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Relata, en entrevista con EL UNIVERSAL, que después de eso se vio obligada a irse a vivir un año lejos de su casa, pues su expareja la seguía acosando.

Ese tiempo tomó terapia, con la que, asegura, recobró la confianza, aprendió a quererse y a reconocer la violencia de la que era víctima.

A más de ocho años de esos hechos, Sarc está casada y a punto de graduarse. “Antes no había tanta información, ahora las mujeres están más empoderadas.

Saben que no están solas, saben que no tienen por qué callarse”, comparte a EL UNIVERSAL.

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