OPINIÓN: Fariseos

JESÚS ORTEGA MARTÍNEZ / EXCELSIOR

En el México posrevolucionario, y aún ahora a principios del siglo XXI, la mayoría de los sectores laborales, productivos, empresariales fueron organizados de manera obligatoria; ordenados según necesidades políticas. Diferenciados funcionalmente según condiciones y obligaciones económicas. Es decir: fueron corporativizados y, por lo tanto, el régimen político presidencialista —aparte de crearlos— les autorizaba su existencia, les reconocía poder y —según fuese el caso y la circunstancia— les legitimaba o deslegitimaba.

Esto lo hacía de diversas formas, pero la más común consiste en que el Estado selecciona, nombra y empodera a los líderes de las organizaciones corporativizadas. Así sucede con la Coparmex y otras organizaciones empresariales. Y, desde luego, con los grandes sindicatos nacionales. Unos y otros han visto pasar una, otra y otras de las reformas políticas, pero su forma de control corporativo, autoritario, sobre los trabajadores, socios, integrantes, continúa sin cambio sustantivo.

El corporativismo sigue vigente y para evidenciarlo analicemos tan sólo dos casos de entre muchos otros. El sindicato de Pemex lo creó el Estado y todos los trabajadores deben, obligatoriamente, someterse laboral y políticamente al régimen. Si se es miembro del sindicato se pertenece al PRI y, por ello mismo, Romero Deschamps goza de la impunidad que le concede Peña Nieto.

El otro ejemplo tiene que ver con el corporativismo existente entre los maestros y otros trabajadores del sector educativo, los cuales son controlados laboral y políticamente a favor de los intereses políticos del régimen o en función de los intereses políticos, gremiales y económicos de los líderes sindicales, sean del SNTE o de la CNTE.

En éste, como en el caso de Pemex, el poder de los caciques sindicales creció a tal grado que sobrepasó al poder del Estado.

Así, en este proceso de degradación del Estado, los caciques sindicales de Pemex se hicieron socios capitalistas de la empresa estatal.

Por su parte, Jonguitud, Elba Esther y otros hicieron de la educación pública una parte de sus múltiples propiedades privadas.

Elba Esther Gordillo nombraba y removía funcionarios, tenía capacidad de veto en el nombramiento del secretario de Educación, asignaba para sus cercanos los puestos clave en la administración de la educación federal y nombraba a casi todos los secretarios de Educación en las entidades.

¡La educación pública se privatizó en favor de los grupos mafiosos que maneja el sindicato!

Por ello no sorprende que a la Reforma Educativa se hayan opuesto Elba Esther, otros líderes del SNTE y la dirigencia de la CNTE. Esto fue posible porque todos estos pretenden preservar canonjías, privilegios, intereses personales y poder político en el gobierno.

Pero, aunque usted, estimado lector, sea suspicaz y mantenga reservas —por demás necesarias— sobre lo que informan los periódicos y noticieros, en esta ocasión no le quedará más remedio que asumir el hecho de que Elba Esther Gordillo y AMLO son aliados electorales. La que operó en favor de Calderón el fraude electoral de 2006 es ahora: ¡socia política de AMLO!

¿Escandalizarse? No creo. Esto permite que todos nos demos cuenta de que la necesidad política supera toda petulancia y vanidad personal y hace que se evidencien los fariseos o hipócritas.

http://www.excelsior.com.mx/opinion/jesus-ortega-martinez/2017/05/16/1163708

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